Historia

CAPÍTULO VEINTISÉIS

LA ORQUESTA DE LA ALEGRIA -NIÑOS, ATENTOS TODOS, HOY ES UN DÍA ESPECIAL- DIJO LA SEÑO GLORIA NADA MÁS LLEGAR. -UN COMPAÑERO NUEVO OS VOY A PRESENTAR. SE LLAMA BETO Y VIENE DE MUY LEJOS, ¿VERDAD? TODOS LE DIERON LA BIENVENIDA Y LE INVITARON A […]

CAPÍTULO VEINTICINCO

Min terminó la historia y el Cazador aplaudió satisfecho. En cada aplauso se desprendían pequeñas cintas de saco que acababan desperdigadas por el suelo, virutas que cosían la piel del gigante. Aplaudía dejándose llevar el último relato y la idea de que Len, una duende […]

CAPÍTULO VEINTICUATRO

LEM Y CLARA

COLEGIO VALL D’UXO

Yo soy Lem, una duende. Tengo el pelo azul y la piel rosa.
Vivo en una escuela, mi trabajo consiste en que cuando hay una amistad nueva aparece una estrella en “EL MURO DE LAAMISTAD”.
Siempre veo amigos pero no tengo ninguno, ya me gustaría pero… Es que los humanos no pueden verme, para ellos soy invisible.
Los de mi especie están en otro planeta. Yo soy muy amistosa, pero si no tengo a nadie para que sea mi amigo…
Un día pasó algo muy extraño: una niña en su clase ¡ no paraba de mirarme !
A la hora del patio, cuando nadie estaba mirando, la niña se hacercó a mí, y me dijo:

-Te he visto desde hace tiempo ¿Qué eres? Quiero saber más de ti ¿Por qué vas por las clases? ¿Y los profesores no te dicen nada?

-¿Cómo puede ser que me veas? ¡Si soy invisible para los humanos ! – le dije.

Se lo conté todo, como a vosotros, pero ella no sabía por qué podía verme y hablar conmigo y los otros no.
Le dije mi nombre, y ella me dijo que se llamaba Clara.
Clara me dijo que su abuelo lo sabía todo, así que me llevó con él, Jon, su abuelo, dijo nomas verme:

– Tú eres una duende ¿Verdad? – me dijo.

– Si, ¿Tú puedes verme? ¿Cómo Clara ? – le dije.

– Clara ¿Tú también ves a los duendes? Solo tú y yo podemos verles, tú padre no – le dijo su abuelo.

– ¿Tú sabes porque podemos verles? – preguntó Clara.

– Si – contestó.

– ¿Puedes contarnos la historia? – le pregunté.

 

– Claro – dijo su abuelo – Cuando tenía 9 años, poco más de la edad de Clara, los humanos veíamos a los duendes, y también venían de visita desde su planeta. Yo fui allí. Un dragón tenía en su boca al rey duende así que yo lo salvé con un golpe de karate. .En aquel entonces estaba en forma, así que el dragón soltó al rey, y se marchó. El rey, como agradecimiento, me dio el don de poder ver a los duendes, pero a los otros no, porque, cuando iban a su planeta, tiraban la basura allí. El rey se enfadó con ellos, y también les borró la memoria.

Yo no lo sabía, así que cogí la nave de reserva y me fui con Jon y Clara a mi planeta. Al llegar les dije:

– La gente ha cambiado, ya no ensucia, por favor ¿Podéis dejarles vernos y que visiten nuestro planeta?

– ¿Eres tú, Jon? – dijo el rey duende.

– Si, soy yo, Jon, el que te salvó la vida de aquel malvado dragón.

– Vale, si me demostráis que los humanos han cambiado, a lo mejor todo volverá a ser como antes, pero, si no, a ti, Lem, te convertiré en humana.

– De acuerdo. – dije.

Cuando el rey estaba en la clase, dijo que de momento bien, pero cuando llegó la hora del patio, los niños se tiraban los papeles del bocadillo y también hacían guerra de papeles. Era un desastre. El rey me quería transformar en humana, pero le dije que no había acabado el colegio, así que la directora nada más acabar el patio dijo a los alumnos de todas las clases:

-Recoged todos los papeles, el que más recoja gana una medalla.

Dejaron el patio súper limpio. Ganó Clara, pero era una medalla de plástico.
Los humanos podían vernos, así que va ser como antes. En “ELMURO DE LA AMISTAD” aparecieron tres estrellas más: una de Clara y el rey, otra mía y de Jon y por último, la más grande de todas, la de Clara y la mía, porque es la amistad más grande que ha existido.

CAPÍTULO VEINTITRES

Cuando tras la historia, Min salió por la puerta, el Cazador se dejó caer en la silla, desplomándose con todo su peso, incapaz de permanecer de pie por más tiempo. Su respiración era acelerada. ―¡Cazador! ―gritó Dragón corriendo a su encuentro― Cazador, ¿por qué te […]

CAPÍTULO VEINTIDOS

CONTRA EL MIEDO Colegio Lepanto (Sevilla) Los cuadernos recién comprados, los libros con olor a nuevo y aunque el calendario marcara ek mes de septiembre, hacía un calor propio de agosto. Jawall volvía a tener esa sensación de nudo en el estómago porque sabía que […]

CAPÍTULO VEINTIUNO

¿Qué le había sucedido?

“Min”, llamaba con sus pensamientos. “Min.”

Ya habían pasado más de trece días desde que encontrara su cuerpo protegido por un mar de libélulas, y menos mal, porque de no haberse alimentado, y bebido, no respiraría.

Y durante esos trece días, el gigante rogó al cielo por su recuperación hasta que como si el universo hubiera escuchado sus lamentos, Min hizo una mueca.

Se rascó la nariz primero y se frotó los ojos después.

Los abrió entonces lentamente, para acostumbrarse a la claridad, sin tener ni idea del porqué de la pesadez que sentía. Se desentumeció brazos y piernas y miró a su alrededor.

Estaba en su cama, en su habitación, y no había nadie allí.

Había tenido sueños tan extraños. Soñó que alguien cuidaba de su reposo, alguien le había dado agua cuando tenía sed.

Se puso en pie y se dirigió hacia la ventana. Afuera no había nadie, pero era raro, porque bajo ella había una extensión de tallos aplastados y hierba removida. Incluso la superficie estaba algo hundida, como si hubiera habido una piedra gigantesca apostada allí.

―Qué extraño ―se dijo.

Para entonces el Cazador ya estaba lejos. Emprendió la marcha cuando los ojos de Min comenzaron a abrirse y corría por el valle, de regreso a su cabaña, con un intenso y nuevo sentimiento que le recorría todo el cuerpo como una corriente, tan intensa que lo dejaba sin respiración.

El gigante no sabía cómo llamar a esa sensación. Los humanos la llamamos “felicidad”.

Min volvió a la cabaña a la semana de despertar, claro, no supo lo que le había pasado, ni que había estado inconsciente tanto tiempo. El Cazador hizo prometer a las libélulas que no dirían nada.

Min pensó que sólo habían pasado siete días desde su visita anterior cuando en realidad había pasado un mes y entró como siempre entraba, empujando la puerta, llamando y saludando al Cazador.

¿Cómo imaginar que había pasado tanto tiempo durmiendo? ¿Cómo saber que fue el gigante quien le proporcionó el alimento y el agua para subsistir? Le había salvado la vida, pero el Cazador quería mantenerlo en el más absoluto de los secretos.

¿Qué sucedería con su reputación si de repente se corría la voz de que se dedicaba a ese tipo de cosas?

Sería su final, toda una humillación.

Había sido una excepción de la regla. Él era un Cazador despiadado.

Y cuando Min entró y lo saludó, se encontró con un gigante débil y cansado, sentado en su silla y con algunas costuras rotas.

Sostenía el carboncillo con sus manos, pero se le resbalaba de entre los dedos.

―Hola Cazador ―dijo Min―, aquí regreso, puntual a nuestra cita.

El Cazador sonrió para sus adentros. Estaba contento de ver a aquella cría de humano, en pie y hablando de nuevo… bien.

Y al parecer las libélulas, como muestra de agradecimiento, habían cumplido su promesa.

―Y aquí te espero, valiente Min, descendiente de poderosas brujas y endiablados gnomos. No he cazado, fiel a nuestro trato también.

―Traigo tu historia― dijo Min, firme.

Y el gigante asintió débilmente.

―Y yo tengo tu estrella.

CAPÍTULO VEINTE

Min salió de la cabaña apresuradamente, con la emoción y la alegría de las veces anteriores. En su mente bailaban los personajes del cuento que acababa de contar. Estaba la niña la niña que cogía cosas, el niño que lo perdía todo, el niño mareado… […]

CAPÍTULO DIECINUEVE

ANALANDIA  ÉRASE UNA VEZ UN GRUPITO DE PERSONAS, TODOS DIFERENTES. ESTABA LA niña QUE COGÍA COSAS, EL NIÑO QUE LO PERDÍA TODO, EL NIÑO MAREADO, LA NIÑA COPIONA, EL NIÑO QUE REZABA, EL NIÑO ESCONDIDO Y LA CHICA PEGADA A UN CHICO. EL GRUPITO VIVÍA […]

CAPÍTULO DIECIOCHO

Dragón, herido de orgullo, observó desde fuera de la cabaña, a través de una de las grietas con espinos y enredaderas que poblaban las paredes.

¿Por qué tenía Min hechizado al gran Cazador? No era descendientes de seres mágicos, pero eso no significaba que no hubiera conseguido algún conjuro de alguno de ellos. Había duendes que te vendían algunos por unas pocas bayas.

Eso debía ser.

¿Por qué si no el gigante seguía debilitándose, perdiendo estrellas? No había otra explicación. De seguro el saco de huesos lo había hecho presa de un conjuro, de ahí su comportamiento tan extraño.

Los observó de nuevo. Allí estaban, pintando garabatos en trozos de papiro, como si el Cazador estuviera enseñando a Min algunas técnicas de dibujo… era lo más ridículo que había visto jamás.

Algo no marchaba bien, y al parecer él era el único dispuesto a restaurar el orden de nuevo, tan cierto como que las moscas en almíbar son el mejor postre del mundo, para invierno y para verano.

No esperaría más.

Si se trataba de conseguir conjuros, él también jugaría a ese juego, así que decidió que visitaría al rey de los gnomos, en las cuevas junto a la cascada.

De seguro que podrían ayudarlo.

Ellos darían con la manera de deshacerse de Min.

Emprendió el camino hacia la cascada aquella misma noche, furioso y decidido a dar con la solución, en la manera de hacer que el Cazador pensara en sí mismo y en recobrar la salud que comenzaba a faltarle. Debía recuperar las estrellas antes de que fuera tarde.

Cuando los primeros rayos de luz tiñeron de rojo y gris el horizonte, Dragón llegó a su destino y con todo el sigilo que pudo reunir, caminó entre las piedras redondeadas, cauto, camuflándose con los colores, dispuesto a no dejarse ver.

Los gnomos rondaban cerca. Podía sentirlos y del mismo modo sabía que lo sentirían a él. Debía ser precavido porque como todo el mundo sabe, cuando un gnomo del valle decide hacerte su presa, no existe manera de librarse de sus bromas pesadas jamás.

Dragón se acercó tanto a la entrada de la gran cueva que podía ver las siluetas de los gnomos que rondaban adentro. ¿Cuántos debía haber? Podía contar más de veinte, desgarbados, con el cuerpo lleno de pelo y la cabeza calva, y con los brazos que les arrastraban hasta los pies.

Dragón aguantó la respiración. Dicen las normas del valle que si llegas a la cueva principal de los gnomos sin ser visto, si logras poner un pie o pezuña, lo que se tercie, dentro de la cueva, podrás pedir audiencia con su rey y pedirle un deseo.

Si no lo consigues, si te ven antes y fracasas, los gnomos te usarán de juguete para siempre. Les encanta jugar, pero sus juegos, no siempre son demasiado divertidos.

El camaleón lo sabía, por eso tenía incluso el pensamiento congelado y esperaba oculto su oportunidad. Estaba cerca, sólo tenía que estirar una pata y así hizo.

―¡Te pillé!

Y notó como tiraban de su cola y le hacían dar vueltas rápidas en el aire.

Dragón gritó entonces, mareado, con sus ojos, de por sí saltones, que parecía que le iban a salir disparados en cualquier momento.

―¡Te pillé! ¡Mi juguete! ―decía una voz por detrás suya.

―¡Nooooo! ―se quejaba Dragón―. Técnicamente toqué la cueva. Planté la pata en ella… ¡Incluso me llevé una roca del suelo! ¡Noooo! ¡Suéltame!

Y otro más que acudió y lo estiró de la lengua. La tensaba y la soltaba de golpe, provocando la risa en todos los que se acercaban.

―¡Gnomos malos! ―balbuceaba Dragón con la cola y la lengua doloridas.

―¡Juguete divertido! ―decían los gnomos.

Hasta que de repente, una voz más potente que las del resto, los hizo callar a todos.

―¡Silencio!

Todos obedecieron de inmediato. Incluso Dragón dejó de quejarse, sin decir nada.

El rey de los gnomos se plantó frente a Dragón y este tragó saliva. Después le tendió la piedra que aún aferraba en su pata delantera.

―Llegué a la cueva ―decía el camaleón―. Quiero mi audiencia…

El rey olió la piedra e hizo una señal para que el resto se retirara.

Dragón respiró aliviado. Un minuto como juguete de gnomo era más de lo que podía aguantar, no podía imaginar lo que supondría una vida entera.

Y mientras los demás se alejaban fastidiados, Dragón siguió al rey hasta el interior de la gran cueva, mientras se examinaba la cola, su elegante cola, estirada y enroscada como si tratara de cualquier cosa.

Menos mal…

Pero el alivio de Dragón se desvaneció por completo cuando se vio solo, en el interior de aquella cueva hostil, y cara a cara con el rostro más retorcido y burlón que jamás imaginara… el del rey de los gnomos.

Dragón contó su historia con pelos y señales. Narró acerca de Min, el ser misterioso, menudo y salido de la nada que de repente tenía tanta influencia en el Cazador como para hacer que se despojara de sus estrellas, y después pidió:

―Sé que los gnomos sabéis de hierbas y pócimas, de ungüentos y venenos… y eso es justo lo que necesito para librarme de Min.

El rey lo contemplaba con las cejas arqueadas y la mirada profunda. No había dicho nada y se había mantenido con el mismo semblante serio y solemne desde que comenzara el relato, digiriendo cada frase y absorbiendo cada idea.

Sólo se movió, y poco, mostrando los dientes en una sonrisa extraña, cuando escuchó la palabra “veneno”.

Veneno para Min.

―Deja que comprenda ―dijo el rey en voz alta, para organizar sus ideas―. Me dices que tu amigo, el Cazados de Estrellas, el temible, el horroroso Cazador… está débil. Resulta que hay una criatura… ¿humana?… vale, humana, que le obliga, de alguna manera, a liberar las estrellas que le dan el poder ¿Es así?

Dragón asintió un millón de veces con la cabeza. Aquel rey era muy listo, y lo había comprendido todo a la perfección.

Se hizo el silencio y el rey se puso entonces en pie, dio media vuelta, y busco por entre los frascos que se agolpaban en las estanterías y vitrinas de la sala de trono.

―Esto es lo que necesitas, lagarto ―dijo el rey tomando algo de uno de los estantes.

―Camaleón ―corrigió Dragón―. Técnicamente los camaleones somos…

―¡Esto! ―interrumpió el rey dándole un susto.

Y el rey se colocó tan cerca de Dragón que a este le dieron escalofríos y tragó saliva.

―Esta planta se llama “la dormilona”. Una sola flor, restregada por la cara, es suficiente para que caigas inconsciente y no despiertes en al menos un mes. Dale esto a Min, y que falte a su cita. Después de eso echará pestes de los seres humanos… garantizado. El Cazador será libre para escucharte de nuevo.

Dragón alargó sus patas delanteras y dejó que el rey posara la flor sobre ellas, como si del más valioso y delicado tesoro se tratara.

La admiró, y el brillo de la flor, blanca como la leche, se reflejó en sus pupilas verdosas.

El rey no le quitaba la vista de encima mientras el camaleón se marchaba, desecho en mil reverencias.

Un gnomo, el de confianza del rey, se acercó entonces al monarca.

―Su majestad, los súbditos se impacientan, quieren al juguete, al lagarto.

―Dejadlo marchar. No es más que un reptil insignificante. Sé de un juguete mejor, enorme, de tela de saco, débil, tan débil que podríamos contra él, por primera vez, después de tantos siglos.

―Será divertido, majestad. Nos encantan los muñecos de trapo.

Y ambos gnomos se echaron a reír.

 

CAPÍTULO DIECISIETE

EL DESEO  DE LOS NIÑOS Y DE LAS NIÑAS   En un lugar no muy lejano, hace muchos años, había un país llamado Machí donde no se trataba a todos los niños y a todas las niñas como lo que eran. Desde que eran muy […]