Historia

CAPÍTULO VEINTIOCHO

El Cazador, analizando de nuevo su encierro, dijo con voz segura: ―Debéis iros sin mí. De nada sirve que corráis mi suerte. Min y Dragón se miraron y sacudieron la cabeza. ―No ―dijeron―, nunca. El Cazador los miró de vuelta. No podía permitir que los […]

CAPÍTULO VEINTISIETE

Con la emoción de la historia aun en sus retinas, y todos los amigos de Beto tocando el más alegre de los himnos, el Cazador tiró de su costura y una nueva estrella salió de su pecho y trepó el cielo hasta el vacío que  […]

CAPÍTULO VEINTISÉIS

LA ORQUESTA DE LA ALEGRIA

EL maletín de Candela
El maletín de Candela

-NIÑOS, ATENTOS TODOS, HOY ES UN DÍA ESPECIAL- DIJO LA SEÑO GLORIA NADA MÁS LLEGAR. -UN COMPAÑERO NUEVO OS VOY A PRESENTAR. SE LLAMA BETO Y VIENE DE MUY LEJOS, ¿VERDAD?

TODOS LE DIERON LA BIENVENIDA Y LE INVITARON A JUGAR. -SIÉNTATE CONMIGO- LE DIJO EL LEÓN FRAN. -¿TE GUSTAN LOS DINOSAURIOS?, ESCUCHA CÓMO GRUÑE ¡ARGGGGG! BETO SONREÍA. Y CON UN GRUÑIDO DIVERTIDO SE ANIMÓ A CONTESTAR. ¡ARGGGGGG!

EL OSO THIAGO LE INVITÓ TAMBIÉN A JUGAR. -YO SERÉ EL PAPÁ Y TÚ SERÁS MI AMIGO QUE VIENE A CENAR. ¿TE APETECE UNA EMPANADA? LA ACABO DE HORNEAR. -ESTÁN DELICIOSAS- LE AGRADECIÓ BETO -¿HACEMOS MÁS?

EL MONO SANTI LE DEJÓ SU PELOTA PARA JUGAR. -¡LÁNZAMELA BETO! VERÁS QUE DIVERTIDO. YO LA VOY A ATRAPAR. PERO EL JOVEN JIRAFA PRIMERO QUISO HACERLA REBOTAR. TANTA FUERZA EMPLEÓ BETO, QUE LA PELOTA, A SU CABEZA, FUE A PARAR.

-¡ESTOY BIEN!- DIJO EL JOVEN JIRAFA. ¡NO OS PREOCUPÉIS, DE VERDAD! AL VERSE TAN DIVERTIDO, UNA CARCAJADA DE SU BOCA EMPEZÓ A SONAR. TODOS CON ÉL SE RIERON. LA SEÑO GLORIA ENTONCES LE ANIMÓ A HABLAR. -DINOS BETO ¿A TI, A QUE TE GUSTA JUGAR?

BETO SE ACERCO AL PIANO Y MIENTRAS TODOS LE OBSERVABAN, EMPEZÓ A TOCAR. MI MI FA SOL SOL FA MI RE DO DO RE MI MI RE RE MI MI FA SOL SOL FA MI RE DO DO RE MI MI RE DO -ES EL HIMNO DE LA ALEGRÍA- DIJO LA SEÑO GLORIA CON EMOCIÓN. -DE LA NOVENA SINFONÍA DE BEETHOVEN, MI TOCAYO Y UN GRAN COMPOSITOR.

El maletín de Candela

LA SALA SE LLENÓ DE APLAUSOS. Y AUNQUE BETO ENROJECIÓ, ANIMÓ A SUS AMIGOS A APRENDER CON ÉL, TODOS JUNTOS, SU CANCIÓN.

JUAN DARÍO EL TIGRE, QUISO PROBAR EN EL PIANO, MIENTRAS LA GATA CATA Y LA VACA CHARO AGARRARON LOS VIOLINES CON SUS MANOS.

FATI LA ELEFANTA, SE SINTIÓ TAN FELIZ QUE INVENTÓ UNA DANZA Y ADRIÁN EL RATÓN, CON LOS PALILLOS, EL XILÓFONO TOCÓ. FRAN SE AGARRÓ AL CHELO, THIAGO AL TÍMPANO Y SANTI AL FAGOT. KANVAR TOCÓ EL ARPA, PALOMA EL CLARINETE Y LAUREANO EL TROMBÓN. MARIO TOMÓ LOS PLATILLOS, LUCAS LA FLAUTA TRAVERSA, LA VIOLA JUSTI, TRINI LA TROMPETA, FÉLIX EL CONTRABAJO Y BASTIAN EL TAMBOR.

LA ORQUESTA DE LA ALEGRÍA SE LLAMARON. UN NUEVO JUEGO NACIÓ. Y BETO SE CONVIRTIÓ, PARA SIEMPRE, EN SU AMIGO Y, POR SUPUESTO, EN UN GRAN DIRECTOR.

La Sonrisa de Angelina

CAPÍTULO VEINTICINCO

Min terminó la historia y el Cazador aplaudió satisfecho. En cada aplauso se desprendían pequeñas cintas de saco que acababan desperdigadas por el suelo, virutas que cosían la piel del gigante. Aplaudía dejándose llevar el último relato y la idea de que Len, una duende […]

CAPÍTULO VEINTICUATRO

LEM Y CLARA COLEGIO VALL D’UXO Yo soy Lem, una duende. Tengo el pelo azul y la piel rosa. Vivo en una escuela, mi trabajo consiste en que cuando hay una amistad nueva aparece una estrella en “EL MURO DE LAAMISTAD”. Siempre veo amigos pero […]

CAPÍTULO VEINTITRES

Cuando tras la historia, Min salió por la puerta, el Cazador se dejó caer en la silla, desplomándose con todo su peso, incapaz de permanecer de pie por más tiempo.

Su respiración era acelerada.

―¡Cazador! ―gritó Dragón corriendo a su encuentro― Cazador, ¿por qué te haces esto?

―No empieces… con… lo mismo ―le replicó el gigante hablando a trompicones, usando el aire de sus pulmones para pronunciar cada palabra―… no… ahora, no.

―No lo entiendo Cazador, ¿cómo dejas que te destruya de esta manera? ¿Cómo lo permites?

Dragón correteaba de un lado al otro, sin saber qué hacer, con la desesperación escrita en su cara y girando en sus ojos.

―No lo entenderías… Ni yo mismo lo entiendo… Es como si sintiera una nueva… energía… una fuerza que me llena… estoy aprendiendo tanto…

―¿No lo ves? ¿No te ves? Estás débil y desvarías ¿De qué fuerza hablas si no puedes ni mover un dedo?

El Cazador respiraba lentamente y cerró los ojos.

―Ya no sé qué hacer para ayudarte ―decía Dragón corriendo de un lado al otro, llevándose las patas a la cabeza―, y bien sabe el valle que lo he intentado todo… incluso la dormilona para Min que…

Dragón se interrumpió de repente pero cuando miró al Cazador este ya lo observaba de vuelta, con los ojos bien abiertos y la cabeza levemente alzada.

―¿Qué has dicho? ―preguntó el Cazador con una energía renovada. Furioso.

―Nada… Yo también desvarío. Nada.

―¿Qué dormilona? ―insistió el Cazador― Cuéntamelo todo o…

―¿O qué? ―chilló Dragón―. No puedes mover un dedo. Eres una sombra del cazador orgulloso que conocí, aquel al que temían las estrellas. Tus ropas, tu pie y tu cara se abren en retales de tela de saco. ¡Alguien tenía que ayudarte! ¡Hacer algo por ti! Y sí, fui yo, ¿qué vas a hacerme? Yo le di la dormilona a Min, yo se la restregué por el rostro y dejé su cuerpo tendido en el camino para que el bosque se ocupara de él, para que no volviera, para que tú pudieras volver a ser tú, para que…

El Cazador no daba crédito a lo que terminaba de escuchar. Observaba los movimientos nerviosos del camaleón, los aspavientos y los gestos exagerados, pero le era muy difícil de aceptar. La sorpresa dio paso a la furia, la furia más profunda, la del corazón.

―Vete ―ordenó a Dragón.

El camaleón quedó en silencio e inmóvil. impresionado, como si aquella palabra hubiera sido en realidad un cuchillo.

―Vete y no vuelvas nunca jamás.

Dragón no creía lo que oía y miraba al Cazador incrédulo.

―Pero yo… ¿Quién te cuidará?

―Vete ―dijo el Cazador apretando los ojos―. No quiero volver a verte nunca.

Y Dragón, con la cola gacha, se marchó.

Cuando Min entró en la cabaña, siete días después, el Cazador esperaba sentado sobre su silla, con los brazos que le caían a cada lado, inmóviles.

Los dibujos que guardaban sus papiros ya no tenían el trazo continuo y se emborronaban en algunos detalles, pero seguían siendo hermosos a pesar de eso.

Min se asomó a contemplarlos.

Vio dibujados a Jawall, a Malú y a los compañeros que los apoyaban y no permitirían más injusticias.

El gigante parecía estar muy débil.

Tuvo que trepar por su brazo porque no tuvo fuerzas de alzar el brazo y subir a la cría de humano hasta la mesa.

―No tienes buen aspecto, Cazador ―dijo Min reflejando preocupación en su rostro.

El gigante sonrió.

―Lo sé… debo haber pillado algo. Ya sabes lo frío que es el valle en estas fechas. Seguramente una gripe.

Por supuesto que Min sabía acerca del frío. Había tenido que confeccionarse un abrigo de hojas y tallos secos para poder llegar hasta allí.

Min miró a su alrededor, las llamas mágicas que se reflejaban en las paredes, las de un fuego que no existía, mantenían la cabaña con una temperatura muy agradable.

―Pues aquí se está muy a gusto ―dijo Min sin pensar demasiado en lo que decía.

―¿En serio? ―preguntó el Cazador sorprendido― ¿Lo dices de verdad?

Nunca nadie le había dicho jamás que su cabaña era un lugar agradable, ni siquiera Dragón, el bueno de Dragón, y encima, ahora que estaba solo y débil, no se le antojaba más cómodo de los refugios.

Min asintió.

―Me gusta estar aquí.

Y el Cazador sintió una corriente que conectó su pecho y sus brazos, agradable, mejor que el calor del mejor de los fuegos.

 

CAPÍTULO VEINTIDOS

CONTRA EL MIEDO Colegio Lepanto (Sevilla) Los cuadernos recién comprados, los libros con olor a nuevo y aunque el calendario marcara ek mes de septiembre, hacía un calor propio de agosto. Jawall volvía a tener esa sensación de nudo en el estómago porque sabía que […]

CAPÍTULO VEINTIUNO

¿Qué le había sucedido? “Min”, llamaba con sus pensamientos. “Min.” Ya habían pasado más de trece días desde que encontrara su cuerpo protegido por un mar de libélulas, y menos mal, porque de no haberse alimentado, y bebido, no respiraría. Y durante esos trece días, […]

CAPÍTULO VEINTE

Min salió de la cabaña apresuradamente, con la emoción y la alegría de las veces anteriores. En su mente bailaban los personajes del cuento que acababa de contar. Estaba la niña la niña que cogía cosas, el niño que lo perdía todo, el niño mareado… y todos ellos respetaban aquello que los hacía diferentes, únicos.

Cuando al fin divisó su suave colina, rematada de flores y tallos frescos, alguien gritó su nombre, y Min se detuvo al instante. ¿Había escuchado bien?

―Min, Min… espera ―escuchó varias veces.

No había duda, había alguien llamando.

Min se dio media vuelta pero no vio a nadie.

―Min, Min…

Dio un par de vueltas más alrededor de su espalda pero nada… hasta que lo vio, una sombra al principio, sin color, invisible, y dos ojos grandes después, redondos y saltones. A medida que se acercaba iba tomando forma, con escamas plateadas como la noche y verdosa como las hojas que acariciaban su cuerpo al avanzar.

Sostenía una preciosa flor entre sus manos.

―¿Quién eres? ―preguntó Min poniéndose en guardia, consciente de los peligros que encierra la oscuridad de la noche.

―Soy Dragón, soy amigo del cazador de Estrellas.

Min no perdía de vista al camaleón, con la cola larga y la lengua serpenteante. Los ojos fijos en los suyos, girando cada uno en cada dirección.

Min lo esperó con las piernas flexionadas y un puño adelantado, su mejor posición defensiva, pero cuando Dragón salió por entero de las sombras y estuvo cerca, Min respiró con alivio.

―Te conozco ―dijo entonces, y Dragón puso cara extraña―. Te he visto en los dibujos del Cazador. Debe apreciarte mucho, porque te ha dibujado tanto que parece que te conozca sin haberte visto jamás.

Dragón se sorprendió al principio y se sonrojó después.

―¿En serio? ―preguntó con curiosidad― ¿Me dibuja a mí?

Min asintió con una sonrisa, y la mente del camaleón se oscureció de nuevo.

“Es mi amigo”, pensó, “nos tenemos aprecio mutuo, por eso me dibuja, y por eso también debo ayudarle. Es mi amigo”.

“Mi amigo”.

Debía cuidar del Cazador ya que no era capaz de cuidar de sí mismo.

―Somos muy amigos ―afirmó Dragón.

Y cogiendo fuerza de sus pensamientos, hizo acopio de valor y saltó sobre Min. La cría de humano se debatía, intentando zafarse, pero el camaleón tenía un claro propósito: cuidar de su amigo, y ni la mirada suplicante de Min hizo que desistiera en su empeño.

Restregó la dormilona en la carita pálida de Min y antes de que pudiera contar hasta tres, ya estaba inconsciente, en el mundo de los sueños.

Dragón soltó entonces el cuerpecito escuálido y al verlo allí tendido, abrió los ojos horrorizado por lo que acababa de hacer y huyó deprisa, tan rápido como le permitieron sus patas.

Algo dentro de él sabía que había hecho mal, que aquello había sido una locura, pero no podía estar mal, lo hacía por su amigo.

Su amigo el Cazador, debía protegerlo.

Y como era de esperar, siete días después, Min no acudió a la cita con el cazador.

El gigante esperó pacientemente, sentado en su silla, dibujando a los habitantes de la aldea de Analandia con sus casas y sus jardines, tan concentrado que perdió la noción del tiempo. Se dejó llevar por sus dedos ágiles de cazador, que en lugar de matar estaban creando y en lugar de asediar, fluían libres… hasta que levantó la vista y miró extrañado a su alrededor.

“Min”, pensó, “ya debería estar aquí. Es tarde.”

Se levantó de la silla, arrastrando las patas en el suelo y provocando un chirrido que terminó de ponerlo alerta.

Se dirigió hacia la ventana y miró afuera. Aunque estaba oscuro, sus ojos veían entre las sombras, como los de un ave nocturna, rapaz. Se fijó en cualquier movimiento de ramas que indicara el avance de Min, o cualquier sombra que delatara su presencia, pero nada.

Aquel era el camino que tomaba Min en cada visita, y por más que forzó la vista, no encontró indicios de su presencia.

―¿Qué sucede? ―preguntó Dragón―, ¿esperas a alguien?

El Cazador se volvió hacia el camaleón con una mueca tan furiosa dibujada en su cara que instintivamente Dragón se mimetizó con la cabaña y desapareció de su vista.

El gigante ya no podía verlo, y volvió a concentrarse en la negrura de la noche allá fuera, en el camino, pero pocos minutos después, notó las patas invisibles del camaleón trepando a su lado, en la pared.

―No va a venir ―dijo Dragón―. Se lo escuché decir en tono burlón a sus amigas, las libélulas, las sabrosas libélulas. Les decía que se ha cansado de tus dibujos y de contarte historias, que ya ha sido bastante y tiene otras cosas que hacer. Eso es lo que escuché.

Dragón tragó saliva. No le gustaba mentir al Cazador, nunca antes lo había hecho, pero la gravedad de la ocasión así lo requería. Lo hacía por su amigo, y por su seguridad. Debía hacerlo.

El gigante seguía con la mirada clavada en el camino, tan inmóvil que el camaleón no estaba seguro de que le hubiera escuchado.

Dragón se acercó un poco más al gigante, sigiloso, y observó entonces las costuras abiertas y rotas que había entre sus dedos, en los hombros y en las muñecas. Dragón abrió la boca sorprendido y aterrado. Su amigo estaba débil, y sintió mucha pena de su dejadez.

―Debes cazar, Cazador. Sal a por estrellas o te acabarás deshaciendo en mil retales.

El gigante se dio media vuelta malhumorado, y corrió a sentarse de nuevo en su silla, frente a los papiros.

―Min vendrá ―se limitó a decir.

Dragón le acercó la jarra de agua, que parecía flotar por encima de la mesa, llevada por sus patas invisibles, pero el gigante la rechazó. No tenía sed.

Y estuvieron así durante horas, uno sentado en la silla y el otro hecho un ovillo sobre la mesa, dando alguna que otra cabezada, agotados, hasta que la oscuridad se fue haciendo clara y la noche dio paso al sol y a sus primeros rayos.

El gigante seguía con el mismo semblante, serio y congelado, pensativo. Ni siquiera había modificado su postura desde que se sentara la noche anterior.

Y cuando el día terminó de nuevo y comenzaron a poblar el cielo las primeras estrellas, el gigante se puso en pie y sin mediar palabra salió de la cabaña.

―¿Dónde vas? ―le preguntaba Dragón― Dime que vas de caza… ¿Vas de caza?

El gigante no contestó pero el camaleón estalló de alegría por dentro.

El gigante se adentró en el valle. Su mirada negra era sombría y tenebrosa, y su boca estaba cerrada en una mueca seria, de esas que denotan concentración y enfado al mismo tiempo.

Se sentía furioso y exhausto.

Se sabía burlado y humillado, y nunca antes nadie se había burlado de él.

En lugar de trepar al monte más alto de todos y el más escarpado, probar con su lanza y llenarse el buche de estrellas, caminó.

Caminaba con los ojos escrudiñando el valle, recorriendo la tierra en lugar de los cielos, y lo hizo así durante noches enteras, con los búhos y las águilas que se ocultaban a su paso, hasta que las vio.

Libélulas.

Cientos de ellas.

Libélulas.

“Min”, pensó.

Y algo dentro de él, hecho de la misma electricidad que ya había sentido en ocasiones anteriores, como una corriente que lo activó de repente, lo impulsó a acercarse.

Las libélulas se agolpaban a cientos, a miles tal vez, era imposible contarlas de tan inquietas que parecían. Formaban una nube, como un escudo pero, ¿qué es lo que estarían intentando guardar?

Cuando se acercó a ellas, lo rodearon. Aletearon tan cerca de su rostro que le hicieron cosquillas, e intentaban hablarle, eso lo supo, pero claro, no pudo entenderlas. No es muy corriente conocer el lenguaje de las libélulas. No es tan popular como el de las abejas o los gansos, y las frases son muy enrevesadas.

Se introdujo en la nube, entre los aleteos y los grititos en el oído, y cuando se agachó hasta su centro, lo vio: el cuerpo dormido de Min.

Estaba inmóvil y respiraba suavemente, con las mejillas sonrojadas y el semblante tranquilo.

“¡Min!”, chilló el Cazador, por dentro, con todo su ser.

El Cazador tomó a Min entre sus brazos y la nube de libélulas le indicó un camino. Formando dos muros de alitas pegadas las unas contra las otras le indicaron una dirección y cuando el Cazador miró de frente vio una colina suave, moldeada por mil vientos, dulce, poblada de flores y tallos verdes, y en su cima, una casita, la casita de Min.

Mientras caminaba hacia ella con el cuerpecito dormido en brazos, las libélulas seguía hablándole, atropellándose las unas a las otras.

De haberlas entendido, hubiera sabido que decían:

―Lleva así, durmiendo, desde hace casi dos semanas.

―No se despierta.

―Le acercamos el agua pero necesita más… ha perdido mucho peso…

―No hemos podido mover su cuerpo, es muy pesado, pero hemos sido su protección, su escudo…

―Seguro que tiene algo de frío, creo yo.

Cuando el Cazador llegó a la cabaña de Min, era tan pequeña que no podía entrar en ella, pero depositó su cuerpecito en la cama mullida a través de la ventana, y le proporcionó agua y frutas machacadas.

Esa fue su ocupación, día y noche, y cuando estaba cansado, se tendía sobre la colina, al lado de la casa, y dormía sin separarse de Min ni un instante.

Ojalá diera a Min la fuerza para despertarse pronto.

¿Qué podría haberle pasado?

CAPÍTULO DIECINUEVE

ANALANDIA  ÉRASE UNA VEZ UN GRUPITO DE PERSONAS, TODOS DIFERENTES. ESTABA LA niña QUE COGÍA COSAS, EL NIÑO QUE LO PERDÍA TODO, EL NIÑO MAREADO, LA NIÑA COPIONA, EL NIÑO QUE REZABA, EL NIÑO ESCONDIDO Y LA CHICA PEGADA A UN CHICO. EL GRUPITO VIVÍA […]